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LA NOCHE MÁS CÁLIDA    – Crónica

 Por Lucía Verdier

Hay personas que tienen el don de alumbrar la vida de otros para que la realidad sea distinta, al menos por un rato.

                                             

Es probable que hoy llegue a mi casa con los pies helados. Pasadas las 21hs, me sumaré a uno de los grupos que, amablemente, me permitió participar de su recorrido solidario por la rambla, desde el barrio Buceo al barrio Punta Gorda. Ya es la hora y me encuentro con el grupo de 8 voluntarios. Nos dividimos en dos autos y estamos prontos para salir al encuentro de quienes nos esperan.

El movimiento “Luceros” comenzó hace diez años en el barrio del Prado y es un grupo de voluntarios unidos con el objetivo de salir en la noche, dos veces por semana, a recorrer diferentes zonas de Montevideo y buscar personas en situación de calle o que vivan en asentamientos para entregarles un plato de guiso caliente.

Desde este año se formó un grupo de colaboradores en la Parroquia Stella Maris del barrio Carrasco. El grupo, al igual que el del Prado, se divide en varios subgrupos. Esta noche saldré con uno de ellos a visitar y entregar, a personas en situación de calle, un chocolate caliente y porciones de tartas que cocina otro grupo de personas comprometidas con la obra social.

La primera parada es el Museo Oceanográfico, Dámaso Antonio Larrañaga, sobre la rambla de Buceo. Allí se refugian en el espacio bajo techo que hay en las arcadas pertenecientes al exterior de la construcción. Vamos hacia la parte posterior, la que está más cerca a la playa y vemos dos colchones. En uno está Matías (debe tener unos 25 años), está despierto y saluda a uno por uno con un apretón de manos. Luis, uno de los integrantes del grupo de colaboradores, comienza a charlar con él y nosotros escuchamos alrededor de las dos camas.

Al lado de Matías, en el otro colchón, se encuentra acostado Daniel. Lo han visto varias veces, pero nunca han podido hablar con él porque siempre que van está dormido. Le damos el chocolate caliente y el pedazo de tarta a Matías y le dejamos lo mismo a Daniel para cuando se despierte. La charla continúa y el veinteañero dice que quizás en algún momento (no hoy) vaya a un refugio porque hace muchísimo frío. Cuando se le pregunta cómo había pasado en la semana, responde que bien, que la va llevando, y agrega que si bien esta noche está muy fría, hubo una peor al comienzo del invierno. Durante el día me dicen que Matías trabaja en la feria.

En un momento de la conversación habla sobre su hijo de 10 años, al cual no ve hace más de un mes. Dice que puede verlo pero que no quiere que su hijo lo vea en ese estado porque ya es grande y entiende todo. Luis le pregunta por otras personas, que el grupo de voluntarios ya ha visto por la vuelta, para saber dónde están parando porque ahora no están. Quizás por el frío eligieron otro lugar para dormir. Antes de la despedida, el grupo invita a Matías a rezar todos juntos un padre nuestro y tras otro apretón de manos, seguimos el recorrido.

Caminamos por los alrededores del museo y encontramos a Carlos en un rincón. Está durmiendo y lo saludan pero no contesta. Me cuentan que Carlos está en la calle hace 20 años. A pesar de que duerme, se le deja un par de trozos de tarta en un cajón de feria que tenía a su lado para cuando se despierte y enseguida pienso que esta es una linda manera de avisarle que estuvimos acá con él, que por unos segundos no estuvo solo y que lo visitamos aunque estuviera dormido.

No vemos a nadie más cerca del museo, entonces es momento de cruzar la rambla para visitar a quienes pasan la noche detrás de la construcción del Instituto de Investigaciones Pesqueras perteneciente a la Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República. En este lugar hace más frío aún porque estamos a cierta altura de la calle, en un espacio verde descampado, sin un techo que nos cubra. Ahora el encuentro es diferente porque no vamos hasta el lugar donde paran y duermen, nos quedamos a unos metros y salen a recibirnos dos personas con dos perros.

Esas dos personas son Carlos y Adriana. Mientras algunos charlan con Carlos, otros nos quedamos con Adriana que nos saluda con un beso y un abrazo. Al acercarme a ella puedo sentir un olor a alcohol penetrante. A juzgar por sus gestos y posturas corporales, sabemos que ha tomado de más.

“¿Vienen del “castillo”?”, nos preguntó, y ya sabemos que el “castillo” es el museo. Le respondemos que sí, que veníamos de allí y cuenta que ella solo va al “castillo” cuando llueve y que si no llueve se queda dónde estamos ahora. “El “castillo” es un hotel 5 estrellas para mí”, agrega, y en ese momento pienso en lo agradecidos que debemos ser de tener un lugar donde dormir.

Adriana tiene 60 años y hace 15 que vive en la calle. Le damos el vaso con chocolate, el cual comienza a tomar tambaleándose y sostiene la tarta, que aún no come, en su mano izquierda. Tiene tres hijos, dos varones y una mujer. A los varones los perdió pero no especifica de qué manera.

Con respecto a su hija, cuenta que tiene 20 años pero que no la ve. Su hija no quiere verla. Se llama Lucía (lo primero que me dijo cuándo me presenté y le di a conocer mi nombre) y detalla que le puso ese nombre porque que ella era su luz.

Por momentos se queda seria, como reflexionando, y nos mira fijo a los cuatro que charlamos con ella, hasta que pasan un par de segundos y vuelve a reír.

Intenta recordar los nombres de quienes estamos ahí con ella, por supuesto que el mío lo recuerda durante toda la charla y hasta me llama “Luci”.

Sin dejar de abrazarnos cada vez que puede, sigue hablando y le preguntamos por un vendaje que tiene en el dedo índice de su mano derecha, a lo que nos contesta que se había cortado en la calle y que nadie la había ayudado. Tuvo que ir a un policlínico para que la vendaran. No se sabe si la volverán a ver el próximo lunes, y las probabilidades de seguir viéndola en la calle por más semanas son pocas ya que, según cuenta, el 31 de julio irá a un refugio.

Ya se está por terminar la visita y le preguntamos a Adriana qué necesita que le traigan la próxima semana, en caso que se encuentre en ese lugar. Quizás necesita ropa o abrigo. Su respuesta inmediata es increíble. Se coloca la mano en el pecho como haciendo referencia a su corazón y enseguida nos damos cuenta que lo que nos pide es afecto. Sabemos que al estar en situación de calle necesita muchísimo, pero lo que pide es afecto.

Nos despedimos de Adriana y Carlos y seguimos nuestro camino para encontrarnos con Jesús de 73 años, católico y que vive en la playa. Santiago, otro de los integrantes del grupo, me cuenta que este hombre se dedica a clasificar y que “de noche se acuesta en el parador un rato y después se va a su lugar”. Esta noche lo buscamos en el banco del parador donde siempre se encuentra pero no está.

En cambio, vemos a otro hombre acostado que por un instante pensamos que era Jesús. Al vernos, el hombre se incorpora de golpe y sale corriendo en señal de no querer saber nada con nosotros y de incluso tenernos miedo.

Continuamos hacia nuestro último encuentro. Vamos en busca de Marcelo y Natalio que paran en Punta Gorda, precisamente en la zona de la Plaza de la Armada, más conocida como la Plaza Virgilio. Su lugar no es en la plaza misma sino del lado de abajo, cerca de la calle y del agua, donde el frío es cortante. Al llegar parece que no están. Luis avanza entre los arbustos y grita, “¡Marcelo!”, pero nadie contesta. Otra vez, suponemos que por el frío decidieron trasladarse.

Termina nuestro recorrido y ya son alrededor de las 22.45hs. Debemos volver al punto de partida para encontrarnos con el resto de voluntarios que salieron a repartir los alimentos por otras partes de Montevideo. Se realiza un encuentro final con todos los jóvenes y quienes lo desean, comparten con los demás alguna vivencia de la noche.

Como lo imaginé, llego a mi casa con los pies helados y pienso, no solo en los pies, sino en todo el cuerpo de las personas con las que estuvimos.

Esta misma noche, antes de salir a vivir la experiencia, vi en el noticiero que hoy había sido el día más frío en lo que va del invierno. Una hora más tarde, sentí en carne propia que la noche era aún más cruel. A pesar del clima, valió la pena. El espíritu de dar y recibir, de acercarse, de conocer y de, en mi caso, ser observadora de toda la acción, superó, sin duda, a la “ola polar” que advirtieron los meteorólogos y convirtió a esta noche, en la noche más cálida.