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Masacre en un día soleado

Era domingo y habían decidido cerrar más temprano e internarse en un balneario de la Costa de Oro para descansar. Se conmemoraba el 154 aniversario de la Armada Nacional y por tal motivo las autoridades habían anunciado que se realizaría una prueba aeronaval con la demostración de dos helicópteros que habían adquirido recientemente para operaciones de búsqueda y salvamento. El evento tendría lugar a las 17 horas en las inmediaciones de la playa Pocitos. La explanada del parador de Kibón sería exactamente el lugar que recibiría a las gigantescas máquinas aéreas provenientes de Estados Unidos. El anuncio realizado por los medios provocó que el público se acercara y el excelente estado del tiempo ayudó a que la  concurrencia fuera aún mayor.

Susana partió con su familia- como tenían planificado- y cuando estaban en la zona del Puente Carrasco vieron venir por sobre el mar los enormes aparatos y los sedujo la idea de ver el espectáculo, ya que ellos habían sido partícipes de su llegada a Montevideo dos meses antes. “Llegaron desarmados”, enfatizó Susana Dorado. Cuando arribaron al puerto, se acercaron hasta allí y vieron cuando los bajaban en una chata y los trasladaban en dos camiones hacia el aeropuerto. Una vez armados su destino final era Santa Bernardina en el Departamento de Durazno. Pertenecían al tipo UH34-J y se distinguirían con los números A-061 y A-062.

Miles de personas esperaban ansiosas las diversas manifestaciones culturales y deportivas que tenía programada la Armada con la participación de su personal.    Gastón Silberman, el oficial a cargo del espectáculo, se vio desbordado ante la afluencia de gente. Por otra parte, era época de elecciones. Ese día salían dos caravanas, por un lado la  del Partido Colorado y por el otro la del Frente Amplio, que pasaban por esa zona y terminaban su recorrido en la rambla y Avenida Brasil.

Silberman, atemorizado, pidió refuerzos a los fusileros navales para que vinieran a custodiar las máquinas. Las naves carecían de seguridad ya que las personas podían acceder a ellas fácilmente al punto de poder tomar alguna pertenencia sin ningún tipo de reparos. “Mi hijo subió y le sacó una cantimplora y me la mostraba a la distancia” comentó Susana.

El informe del Ministerio de Defensa que tuvo en sus manos Dorado, corroboró el temor del oficial de la Armada, al pedir la custodia de los fusileros navales para prevenir un atentado o accidente, ya que los marineros de las playas eran los encargados del resguardo de las naves.

Un rato antes de comenzar las maniobras,  retiraron al público, llegaron  los refuerzos solicitados e hicieron un cordón entre el público y las máquinas.    A los helicópteros se le suscitó el problema del descenso, no habían calculado las columnas del alumbrado público. Tenían la potencia de naves de guerra y eso dificultaba aún más el aterrizaje en ese predio, pero lo hicieron con mucha profesionalidad. A las 17 horas, comenzó la primera demostración que consistía en maniobras de salvataje en el mar y lo hacían con la colaboración de una lancha PR-12, exhibición que fue realizada con éxito.

La idea era demostrar la forma en que las naves  podían desarrollar sus tareas en posición de desastre. Otra de las pruebas consistía en levantar un jeep. El A-062 sería el encargado de la demostración y era piloteado por el Capitán de Fragata Waldemar Perdomo y el Capitán de Corbeta Amilcar González,  mientras que el otro aparato aguardaría en tierra con los motores encendidos y las hélices en movimiento. Luego que fuera correctamente asido con correas especiales, potenciaron los motores y comenzaron los intentos de izarlo, lo levantaron y lo volvieron a dejar, volaban piedras, pasto, arena y aunque se percibió que tenía algunas dificultades para levantarlo del suelo, pero lo logró. Susana se encontraba en el césped de Kibón, y vio que el helicóptero no se elevaba demasiado, avanzó pocos metros, pasó las rocas, un terraplén y la cuerda que enganchaba al jeep se mueve, se puso de costado y la trompa de la aeronave viró a la derecha. Empujó a su hijo de la cintura para subir la pendiente. La gente huía despavorida del lugar, miró hacia atrás y vio que la enorme máquina que se le venía encima. “Cae en mi espalda,” recordó.  Se tiraron al piso, se persignó, “me entregué como a morir, sentí una paz impresionante”. Luego se sintió un golpe que hizo temblar la tierra. La aeronave se había precipitado, encima del otro aparato que estaba con sus hélices en funcionamiento.

Susana y su hijo Pablo,  no se movieron. Se escucharon explosiones. Un olor a hierro y pintura quemada inundó el lugar.  Se produjo un gran silencio. Se incorporó  e intentó levantar al niño. Estaba lleno de sangre, lo sacudió con el fin de despertarlo, lo colocó en su falda, aún estaba vivo, abrió sus ojos y preguntó: “¿Mamá que me está pasando? Y murió.

Obnubilada miró a su alrededor en busca de Carlos, quien se encontraba a  escasos metros, corrió a su encuentro con su hijo en brazos y otra escena de horror se apoderó de sus sentidos, la pierna de su marido.  “Era un montón de carne”, dijo Susana,  el hueso del fémur estaba al descubierto y más adelante la sandalia con el pie adentro. Un marinero, con camisa de jean, pantalón y gorro blanco, se acercó para ayudarla y le arrebató a Pablo de entre sus brazos. Salió detrás de él. Los helicópteros estaban a punto de explotar. Las llamas eran impresionantes. El funcionario de la Armada detuvo un auto para que trasladasen al niño a un sanatorio y Susana se quedó sin reacción, en blanco, en el medio de esa inesperada locura.

  • “Lo llevamos a Impasa” gritó una voz desde el vehículo.

Dorado, ayudó a subir a su esposo al camión del Ejército que trasladaría a los heridos a los diferentes centros de salud. Pero sólo llevaba a las víctimas del accidente, no a los acompañantes.

Carlos Porta fue trasladado al Hospital Militar, consciente de que estaba muy mal. Tenía cortada la pierna desde la ingle y la sangre le emanaba desde la arteria femoral. Sólo quería ser atendido. Cuando llegó al centro asistencial, los corredores estaban colmados de gente. La desesperación se reflejaba en sus rostros. Había personas fallecidas que se mezclaban con los heridos. La visión de Carlos comenzó a nublarse antes del inminente desmayo. Con su último aliento tomó la túnica blanca de un hombre que pasaba y le imploró que lo derivara al Círculo Católico de donde era socio. Fue trasladado rápidamente en una ambulancia. Sus fuerzas llegaron a su fin y  hizo un shock hipovolémico.

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Susana comenzó a bajar la ladera de Kibón y contempló los cuerpos mutilados, causaban escalofríos. Una mujer quedó  debajo de uno de los helicópteros y pedía a gritos que la sacaran pero nadie pudo ayudarla.

Caminó sin rumbo por la rambla. La portera de un edificio se acercó para auxiliarla.  Sus ropas manchadas de sangre denotaban la tragedia. Su cuñada se trasladó a su encuentro y se dirigieron rápidamente a Impasa - actualmente SMI- para  saber algo de Pablo. Aún le quedaba un hilo de esperanza, pero la noticia le atravesó el pecho como un puñal, había fallecido. El niño yacía en su lecho y  una enfermera muy joven estaba a su lado y lloraba desconsoladamente mientras repetía, “yo lo cuidé, yo lo lavé todo”. Le había hecho un colchón con algodón. Lamentablemente el cuerpo no se lo podían entregar para realizar las exequias porque había sido un accidente en la vía pública. “de hecho, explica Dorado, la partida de defunción dice: accidentado en la vía pública, muerte: paro cardiorespiratorio”.

Susana estaba triste e indignada porque el informe del forense carecía de veracidad, “de paro cardiorespiratorio morimos todos, no pusieron una causa y eso le sirvió al Estado para no reconocer que mi hijo había muerto en el accidente de Kibón. El certificado indica además el lugar donde se produjo el fallecimiento, General Flores e Isidro de María que es donde estaba antiguamente la morgue, pero mi hijo falleció en la rambla de Kibón”, agregó.

Después de eso comenzó el periplo, saber donde estaba internado Carlos Porta. Permaneció largas horas esperando en el Hospital Militar para que le informasen cual había sido el destino de su esposo. Se encontraba en el Círculo Católico. Le habían amputado su pierna izquierda, eso le significó tres o cuatro horas de block quirúrgico y la reposición del volumen sanguíneo. Había sido golpeado con algo muy pesado, como un pedazo de roca, de motor que le deshizo la pierna y esto no era una amputación quirúrgica, era algo mucho peor, “era como una amputación de guerra, el hueso se le había parado.  Como resistió, el no quería morir”, afirmó la esposa.

El contralmirante Guillermo Fernández recorrió los hospitales, buscaba a los heridos para ponerse a las órdenes y se encontró en el Círculo Católico con Susana Dorado, a quien trasladó en un auto oficial a su domicilio, pero antes pasaron por el lugar del hecho, por supuesto con la previa aceptación de Dorado. Eran las tres de la madrugada cuando llegaron al predio de Kibón y la sorpresa la invadió, cuando vio que no existía  ningún rastro del accidente. En el lugar estaban trabajando dos camiones de la Intendencia. Colocaban pedregullo y limpiaban. Reflectores del Ejército iluminaban para hacer más fácil la labor de los funcionarios.

Susana, sin querer escuchó la conversación que mantenían los oficiales de la Armada y no daba crédito a lo que decían, su preocupación era no encontrar la cabeza del marinero decapitado Audilio Amaral.

Las órdenes de la Armada habían sido velarlo con cajón cerrado, mandato que la familia acató sin reparos. A los tres años cuando fueron a reducir el cuerpo, se enteraron el porqué de la drástica disposición.

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El piloto Waldemar Perdomo, permaneció incomunicado en el comando, mientras se investigaban las  causas del accidente. Todo lo manejó la Justicia Militar, la justicia ordinaria no actúo.

El diario La Mañana, el 15 de noviembre de 1971, publicó un comunicado del Departamento de Relaciones Públicas del Comando General de la Armada.

Decía que había tomado intervención la justicia competente, que se ha dispuesto la instrucción del sumario técnico correspondiente a los efectos pertinentes, los pilotos y máquinas participantes estaban perfectamente capacitados para efectuar este tipo de operaciones, el piloto del helicóptero accidentado poseía más de 2000 horas de vuelo, para este tipo de máquinas se necesitaban 500, que las operaciones que se estaban desarrollando eran de rutina para este tipo de unidades, que el helicóptero A-062 sufrió una colisión con el A-061 que se encontraba en tierra y se produjo el incendio de ambos y la proyección de partículas de metal, que las pérdidas de las máquinas son totales y alcanzaban la cantidad de U$S 320.164 y por último que se cancelaban en su totalidad los actos de celebración por el 154 aniversario de la institución.

Por otro lado, Guillermo Fernández, elevó un informe para interiorizarse sobre el  paradero y los nombres de los heridos y  brindarles apoyo psicológico entre otras cosas, pero eso nunca llegó a ejecutarse.

En marzo del 1972, salió el dictamen del accidente de la Justicia Militar: “Por no encontrar trasgresión a las normas vigentes queda cerrado el caso Kibón sin perjuicio de los pilotos”.

Por otra parte, el Estado decidió indemnizar a determinadas personas, no a todas. Para reclamar esta decisión del tribunal militar, sólo se podía realizar en la Justicia Penal y tenían 20 años para hacerlo, después prescribía.

El diputado Frenteamplista Jorge Pozzi, sugirió a las víctimas que debería hacerse algo en la zona de la tragedia para rendirles homenaje. Estuvieron en la Junta Departamental y en la  Intendencia donde después de un año de idas y vueltas lograron colocar una placa conmemorativa el 14 noviembre del 2008, a 37 años de la catástrofe. Susana Dorado propuso la ubicación y la aprobaron, “quería que estuviera donde había caído mi hijo”, dijo. La inscripción original no era la que los damnificados querían, por tal motivo debajo de la placa que colocó la Intendencia ellos colocaron otra que dice: “ la justicia divina tarda pero llega asociación víctimas masacre de Kibón”.

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Fernando Enciso – Petru Valensky- quien trabajó con Carlos Porta, cuando era prácticamente un niño, recuerda el accidente aéreo, la impresionante columna de humo que se veía de todos lados, las repercusiones posteriores y la define como una terrible tragedia que mantuvo a la gente hablando por meses. “La crónica de la época muestra cuando el helicóptero empieza a dar vuelta y se va contra el otro. Había una cantidad de gente, en aquel tiempo no había el control de seguridad ni la previsión que puede haber hoy en día. La vida para Porta después del accidente no fue fácil, recordaba siempre ese momento, fue  una perdida que no pudo superar a pesar de ser un hombre fuerte y de carácter”, afirmó Valensky.

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Carlos Porta falleció en 1995, a los 66 años, muy deteriorado, con demencia senil, nunca pudo sobreponerse al accidente, no asumió la perdida de la pierna, la muerte de Pablo, el hijo de su esposa e intentó suicidarse en reiteradas oportunidades.

“En este hecho perdieron la vida ocho personas, 39 resultaron mutiladas y todo quedó en el olvido. Si la masacre de Kibón hubiese sucedido en esta época los celulares  hubiesen hecho la denuncia”, concluye Susana Dorado.

 Las víctimas del accidente de Kibón investigaron por años, pasaron por varios abogados, un fiscal que reabrió el caso, hablaron con diputados, en televisión, diarios y revistas, pero nunca pudieron llegar a la causa real que provocó el accidente.

FUENTES

  • Archivo de la Biblioteca Nacional del Diario EL PAIS y LA MAÑANA.
  • Entrevista a Susana Dorado, víctima de la tragedia.
  • Entrevista a Petru Valensky, testimonio de la época.